Tú a Boston, yo a….


Nubes lenticulares sobre Lorca en octubre 2024


 

Pongo al día el correo, leo algún artículo y  mi olor crónico a mierda digital aparece como las moscas cojoneras cuando abro las primeras páginas o cunado escucho la radio. Una amiga a la que no veo desde hace cincuenta años y es posible que ya no esté por aquí, tenía la mala o buena costumbre de pararse en Lorca, por Calatraca. Le inspiraba lo agreste del paisaje, supongo que sería a  hacer aguas menores bajo la sombra de un pino. Invariablemente a la primera ocasión que tenía el teléfono a mano –entonces no había internete– se preguntaba a sí misma y después a mí mismo cómo era posible que aguantáramos el olor a chino. Así sin adjetivos del tipo, pestazo, “ambustioso”. Para ella era perceptible, en cambio para mí perdí el olfato  por esas fechas sin haber tenido la suerte de recuperarlo. Le echaron la culpa al covid, pero entonces todavía no se conocía. Que no, que los chinos y yo somos incompatibles.

 

Mi pestazo vomitivo es digital. Ahora todo es digital, excepto las noticias que entorpecen y joden un día sí y el otro también, la actualidad de un país plácido, aomodaticio, buenista, consentidor, lleno de conseguidores.

 

No sé si algún lector de los dos o tres que leerán esto, recuerdan el título de una peli: “Tú a Boston, yo a California”. Recuerdo el título, que era en color, y que ahora podría ser el título que encabezara un artículo corto, como el mío. Del film no recuerdo nada, ni creo que merezca la pena echar mano del Google.

 

Nuestra pareja de malandrines, de andares nada moralizantes, se definen solos, incluso su presencia es dual y sus caminos tienen un trazado paralelo, como el del AVE que nos entretiene los días contando quién llegará antes al  final de nuestra vida, si el AVE a Almería, por ejemplo, o nosotros al cementerio de Sn Clemente.

 

Me preguntaréis qué tienen en común estos chicarrones.

 

Uno, aunque octogenario, es –o fue– un tirador de primera. No le hacía ascos a las vedettes, ni a las cantantes, ni a los domadores de leones ni a la monarquía –se casó con una mujer de la nobleza griega. Pero de espíritu insaciable como la polla del chiste revoloteó de cama en cama, de flor en flor, aunque su punto de apoyo fuera la quilla de un velero. Fue tanto su amor por la deshonra que no dudó en hacérsela a él mismo.  Este artista tiene de momento una vida que mantiene con dignidad cogido del brazo de un mocetón o en la silla de ruedas.

 

Mi personaje bien podía coger un avión en un viaje solo de ida y quedarse a vivir y, con suerte, morir, en Arabia Saudí.

 

Al otro compañero de viaje le espera con los brazos abiertos algún país donde gobierne un descendiente de los países que “conquistamos” hace quinientos años. Debería abandonar España ya mismo, pero en otro avión y con destino opuesto al anterior. En un Falcón no le va a caber la numerosa parentela y enseres varios que ha acumulado en los últimos años. Es igual, que le preparen un Hércules del ejército del Aire con un buen escáner por si entre la ropa  anda revuelto un lingote, o varios.

 

Flori, 13 octubre de 2024

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