Tú a
Boston, yo a….
Pongo al día el correo, leo algún artículo
y mi olor crónico a mierda digital
aparece como las moscas cojoneras cuando abro las primeras páginas o cunado escucho
la radio. Una amiga a la que no veo desde hace cincuenta años y es posible que
ya no esté por aquí, tenía la mala o buena costumbre de pararse en Lorca, por
Calatraca. Le inspiraba lo agreste del paisaje, supongo que sería a hacer aguas menores bajo la sombra de un pino.
Invariablemente a la primera ocasión que tenía el teléfono a mano –entonces no
había internete– se preguntaba a sí misma y después a mí mismo cómo era posible
que aguantáramos el olor a chino. Así sin adjetivos del tipo, pestazo,
“ambustioso”. Para ella era perceptible, en cambio para mí perdí el olfato por esas fechas sin haber tenido la suerte de
recuperarlo. Le echaron la culpa al covid, pero entonces todavía no se conocía.
Que no, que los chinos y yo somos incompatibles.
Mi pestazo vomitivo es digital. Ahora todo
es digital, excepto las noticias que entorpecen y joden un día sí y el otro
también, la actualidad de un país plácido, aomodaticio, buenista, consentidor,
lleno de conseguidores.
No sé si algún lector de los dos o tres
que leerán esto, recuerdan el título de una peli: “Tú a Boston, yo a
California”. Recuerdo el título, que era en color, y que ahora podría ser el
título que encabezara un artículo corto, como el mío. Del film no recuerdo
nada, ni creo que merezca la pena echar mano del Google.
Nuestra pareja de malandrines, de andares
nada moralizantes, se definen solos, incluso su presencia es dual y sus caminos
tienen un trazado paralelo, como el del AVE que nos entretiene los días
contando quién llegará antes al final de
nuestra vida, si el AVE a Almería, por ejemplo, o nosotros al cementerio de Sn
Clemente.
Me preguntaréis qué tienen en común estos
chicarrones.
Uno, aunque octogenario, es –o fue– un
tirador de primera. No le hacía ascos a las vedettes, ni a las cantantes, ni a
los domadores de leones ni a la monarquía –se casó con una mujer de la nobleza
griega. Pero de espíritu insaciable como la polla del chiste revoloteó de cama
en cama, de flor en flor, aunque su punto de apoyo fuera la quilla de un
velero. Fue tanto su amor por la deshonra que no dudó en hacérsela a él mismo. Este artista tiene de momento una vida que
mantiene con dignidad cogido del brazo de un mocetón o en la silla de ruedas.
Mi personaje bien podía coger un avión en
un viaje solo de ida y quedarse a vivir y, con suerte, morir, en Arabia Saudí.
Al otro compañero de viaje le espera con
los brazos abiertos algún país donde gobierne un descendiente de los países que
“conquistamos” hace quinientos años. Debería abandonar España ya mismo, pero en
otro avión y con destino opuesto al anterior. En un Falcón no le va a caber la
numerosa parentela y enseres varios que ha acumulado en los últimos años. Es
igual, que le preparen un Hércules del ejército del Aire con un buen escáner
por si entre la ropa anda revuelto un
lingote, o varios.
Flori, 13 octubre de 2024
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