Françoise Hardy en el recuerdo


La noche del 27 de septiembre de 1975 hubo un concierto de cante jondo en la Escuela de Maestría de Lorca, Actuaba un premio Nacional de Flamencología,  el profesor Alfredo Arrebola, que tras despedirse en la puerta  de los rezagados que tenían ya resuelta la noche y a falta de algo más práctico decidieron darse una vuelta por el merendero de los Padillas. Aquello es el refugio seguro donde cenar algo consistente. El menú,  el de siempre para acompañar  y rebajar los vasos de vino de Jumilla. Un lugar seguro donde cenar y terminar la noche antes de proyectar otras aventuras, total es sábado y la certeza de estar todo el domingo acostado solo o acompañado es lo que más garantía ofrece una noche loca.

El merendero estaba a punto de echar el cierre. Prometimos no ser pesados, nos arreglaríamos con unas morcillas, salchichas y lomos a la plancha. Inevitable tomar una patatas cocidas con alioli, eso, a pesar del riesgo cierto de saber de qué si comías ajo no podrías acercarte a menos de un metro y la garantía del fracaso asegurado.

Al filo de la medianoche y cuando en el merendero les apremian a ir terminando decide con el amigo ir a tomar la última copa a una discoteca de moda situada junto al cine Cristal: JDA esa hora está prácticamente llena. El olor a humanidad, a humo, a perfume mezclado con sudor les golpea en la cara infundiendo ánimos, por si no tenían bastante.

La música de Barry White –My First My Last My Everything–; Roberta Flack – Killing Me Softly With His Song–, son argumentos de peso que justifican el acomodo en la barra, ligeramente girados en dirección a la pista de baile. Alberto enciende un Pall Mall con la esperanza de que el regusto al ajo que comió en los Padillas no le arruine la noche. En esos casos exhibe un sibaritismo impropio, pero cuando se lanza es difícil controlarlo. Pide un Jack Daniels en chupito, junto a un gran vaso de agua muy fría. Alterna los tragos como ha oído que debe beberse un buen bourbon, aunque en este caso hay una cierta discrepancia ya que algunos afirman que el Jack Daniels no es bourbon sino whiskey de Tennessee ¿Y qué más da?  murmura. A esas horas y con las expectativas de pasar una noche loca tiene el pálpito de estar en vísperas de encontrar a la mujer de su vida, al menos de su vida durante unas horas. Le da el pálpito de que a partir de ese instante se abre un camino nuevo. Solo consiste en encontrar el equilibrio entre el   sabor a ajo, aspecto este que le contiene las ganas de pegar la hebra con alguna moza y tomar los chupitos justos, los suficientes para que no le nublen el cerebro más de lo prudente. Todavía el pasillo que le conduce al servicio cada vez que lo necesita es capaz de realizarlo caminando con cierta soltura.

Tanta vuelta y acecho trae como consecuencia el descubrimiento de una chica que le da un aire a una cantante francesa de la que ahora recuerda su figura, la cara y el pelo,  pero no el nombre. Misión difícil si quiere empezar un amago de conversación. Ya no es de gente moderna preguntar si estudias o trabajas, le parece algo demasiado simple. No sabe si acercarse o esperar a saber cómo se llama la cantante francesa que tiene un cuerpo parecido, la boca, ojos, los dientes, –por supuesto– antes de iniciar las maniobras de acercamiento.

Adopta posturas que en ocasiones han dado resultado pero que ahora no funcionan.

Opta por ir al abordaje a pecho descubierto a sabiendas que tendrá un no por respuesta. El olor a ajo traspira por la camisa ya sudada, ni que decir si habla levantando la voz:

-         Hola –hola, responde la chica–, prosigue, mira, creo que te conozco tanto como si hubiéramos pasado tiempo juntos, pero sé que no es verdad, que aunque te identifico con otra persona que parece tu hermana gemela, no acierto a saber el nombre. Ayúdame a dar con él y si el aliento a ajo te molesta, seguiremos en otra ocasión. Por cierto, me llamo Alberto y vengo de las tierras altas de Almería –esto último lo añade como un plus que lo diferencie del paisanaje lorquino, o pensando en el bourbon que se está tomando y las tierras altas de Escocia. La bebida hace sus efectos, y como el título de la canción El humo nubla sus ojos, es consciente de que debe andarse fino o aquello termina pronto.   

-         Dos cosas, o tres, vaquero… responde mi interlocutora. Me llamo Violeta, mi “sosias” podría ser Françoise Hardy… ¡sí la que canta!. Te diré que no me molesta el ajo, al contrario soy creyente y practicante hasta más allá de lo razonable en todas sus variedades culinarias, en alioli, crudo, restregado en pan tostado con aceite, en los asados de cordero, cuando sueño con los vampiros como tú, en esa forma tan lorquina de machacarlo en un mortero con aceite que me pone la punta de la lengua que echa fuego…Por último vaquero,  pareces que acabas de dejar el caballo atado en la puerta de la disco, me alegro de tu iniciativa porque había un tío pesado como el plomo que no me dejaba… 

Violeta aproxima su cara y demuestra con ese gesto que el aliento a ajo  y la boca de Alberto les atraen tanto que teme y desea al mismo tiempo estamparle un beso.

La conversación continúa saltando de un tema a otro sin que puedan ligar algo medianamente coherente.  Violeta lleva una camisa que se desliza a lo largo de su cuerpo como una segunda piel. El aliento le huele a menta. Después de la música disco bailan escuchando al ritmo que le marca las noches de blanco satén; Jane Birkin con su Je táime… moi non plus… Adamo… Mari Trini… La figura de la pareja bailando se proyecta contra la pared, inmóvil, un solo cuerpo y el acuciante deseo de besarla.

Ayer, día 11 de junio de 2024, nos dejó Françoise Hardy. Como suele ocurrir en estas ocasiones, y cada vez con más frecuencia, un trocito de alma, corazón y vida se van con ella tratando de arroparla.

Luis Martínez Reche

 


 

Comentarios

  1. No me gusta mucho la personalidad del "Alberto" de su historia, D. Luis.
    Demasiado previsible... en parte, demasiado prosaica, por otra parte...
    Conozco la historia de un muchacho de aquellas tierras que se enamoró de una bonita veraneante porque le gustaban los tomates murcianos, como a él.
    La tolerancia y admiración por el ajo... es otro cantar.
    D.E.P. Françoise Hardy

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