ANIMALES DOMÉSTICOS



    
Por aquí entrará el AVE procedente de Murcia. Ahí cerca está la estación de San Diego

Nueve de agosto de 2024

 Antes de morir el perro procuré darle todo lo que creí que sería lo mejor para él. Si estaba comiendo un trozo de pan con jamón, me colocaba cerca y le echaba un poco de ambos productos. El jamón lo cogía antes de que llegara al suelo –de una galfá decía mi padre–. El pan en cambio lo ignoraba.

 

Todas las semanas lo lavaba  con jabón y la manguera. Siempre contra su voluntad. No mordía, pero no se estaba quieto. Al terminar le abría la puerta de la casa y salía volando en dirección a un estercolero donde se revolcaba con pasión. Así estuvimos varios años hasta que murió. Yo sabía que era un perro mil leches, podía matar al perro que le disputaba otra perra si se encontraba en celo. Sus orejas eran testigos mudos de peleas feroces. Parecía que con unas tijeras alguien se las había ido cortando en tiras. En el tiempo de máxima fuerza, en torno a los cinco años le hice una foto que conservo colgada de la pared a la que miro cuando lo extraño y me río en silencio.

 

El otro animal doméstico familiar era una gata. En la casa los animales eran siempre los mismos. Invariablemente a la muerte de uno sucedía otro. Estaba el perro, la gata, unos pájaros de perdiz, un canario y en otros tiempos tuvimos uno o dos cerdos, gallinas, un gallo cabrón y algún conejo.

 

De todos ellos, solo el perro y la gata gozaban de libertad, vigilada, sobre todo el perro.

 

No entenderé nunca, o sí, cómo era posible que cuando la gata se ponía en celo, su consuelo, afición y deleite era restregarse con el perro. Recorría todo su cuerpo que, acostado a la sombra de la parra, asistía indiferente al ritual efusivo sin entender los motivos de tanto sobeo. En el tiempo de lo que cuento, yo tampoco entendía el motivo de tanto arrumaco. Sin saberlo, asistía a las primeras clases sobre el sexo.

 

Quizás pensaba en las perras que había forzado en su larga carrera amatoria. Pero con la gata era como tratar de mezclar aceite y agua.  El perro le ponía la pata encima de la cabeza y con eso el felino se sentía compensado. Otras veces era el perro el que buscaba el contacto sin encontrar la solución.

 

En la vida he conocido situaciones parecidas que me recuerdan a la historia que he contado interpretado por un hombre y un mujer. Veo cómo se cogen y se rechazan. Cómo se lanzan comentarios a veces airados condicionados por el nivel de excitación. Observo cómo la mujer se da en ocasiones la vuelta, un acto reflejo más frecuente en la hembra, cuando lo más probable es que esté deseando abrazarse. Les falta un empujocinto motivado por la decisión de cogerse fuertemente y que sea lo que Dios quiera.

 

Acuérdate de  los besos del 15 de agosto 

 

Flori, 15 de agosto de 2024

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