Françoise Hardy en el recuerdo (II)

 

La rosa que vino de USA, por Frances Natale


 

Alberto camina por una senda vecinal algo apartado del núcleo de la pedanía. Llega ante una casa que ligeramente le recuerda a otra que conoció hace un montón de años. Pero entonces los árboles estaban más pequeños, el seto de cipreses no existía. Abre una puerta  de porte bajo, metálica, que de acceso a un pasillo de grava, que resuena multiplicando el sonido en la apacible mañana de verano. Casi no  recuerda la casa ya que cuando tuvo ocasión de verla, apenas si vino dos o tres veces. Es la típica vivienda antigua del campo de Lorca con porche de entrada al que protege del sol  una parra. Se aproxima y toca en la puerta pulsando el timbre que suena algo lejos. Al abrir, una figura  de mujer enmarca la puerta. Tiene el pelo rubio, tintado, pero  sin estridencias. Es delgada y en cada uno de los rasgos recuerda vivamente los de Violeta de joven. Se cubre con  un vestido ligero, holgado, sin mangas y discreto escote. No reconoce al visitante quizás deslumbrada por la claridad del día. Cuando habla, le resulta familiar el tono de voz, pero la confunde el acento. No obstante, el estado de confusión le dura solo unos segundos.

-         Pasa, llevo esperando este momento cuarenta y dos años; diez meses y veintiún días.

A partir de ahí Alberto no sabe si aquello es el final del largo viaje, o  el convencimiento de que seguirá  condenado de por vida a continuar arrastrando la mochila como  alma en pena camino del purgatorio.

Flori, 13 de junio

Luis Martínez Reche

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