Camino abstraído por la Avda., reconozco a Horacio cuando estoy a punto de adelantarlo, se mueve con soltura con el andador, le toco con afecto en el hombro y noto los huesos perfilados del esqueleto que aún lo mantiene en este mundo, anda rápido dadas sus circunstancias, a esa hora  queda dos días a la semana con  su mujer, que asiste a una clase de inglés, formas de matar el tiempo ahora no es solo una metáfora, el tiempo se puede matar con la sola contemplación del tiempo meteorológico, un techo azul intenso desprovisto de los jarapos blancos, Horacio camina y desgrana temas relativas a su estado, confiesa que le ha dicho a su mujer que a Semana Santa no llega, que tiene 92 años y demasiados achaques, ahora ha perdido la vista que le permitía leer los periódicos y ver la televisión, su lamento tiene un punto de amargura cuando manifiesta tener una mente más lúcida que de joven, “fui un niño prodigio sin recursos” manifiesta, yo  lo sé, pero lo asombroso viene después cuando, sentados en un sillón del vestíbulo donde va a clase su mujer, me hace una demostración de cálculo mental, empieza por decir de carrerilla al menos doce nombres propios de personas cercanas, indicando día, mes y año de cuando murieron, ya caliente le pregunto si quiere hacerme una demostración de cálculo, responde que no le pregunte cuanto son cinco por nueve, por ejemplo, que eso no es nada, ¿y doce por quince? acierta; ¿y  ciento treinta y seis por siete? acierta; le pongo una multiplicación de tres cifras, falla en un número, lo achaco a que no ha escuchado bien uno de los números, ahí decido no seguir preguntando por no cansarlo,  con la demostración que ha hecho es suficiente, nos volvemos camino de la casa, resuelve con soltura el encuentro de la acera con la calzada en los pasos de peatones, esta  tarde pienso preguntarle si quiere que le lea el periódico, cuando caigo en la cuenta que yo tampoco veo bien.

Comentarios

  1. Mario Benedetti

    Cuando éramos niños
    los viejos tenían como treinta
    un charco era un océano
    la muerte lisa y llana
    no existía.

    luego cuando muchachos
    los viejos eran gente de cuarenta
    un estanque era un océano
    la muerte solamente
    una palabra

    ya cuando nos casamos
    los ancianos estaban en los cincuenta
    un lago era un océano
    la muerte era la muerte
    de los otros.

    ahora veteranos
    ya le dimos alcance a la verdad
    el océano es por fin el océano
    pero la muerte empieza a ser
    la nuestra.

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